«Diablo, por poco matan a Trump.»

─ Yo.

Acho, este fin de semana ha sido muy extraño. En mi casa recibimos la visita sorpresa de unos familiares de mi esposa, y por poco matan a Trump. La realidad a menudo sobrepasa la ficción.

Cuando recibimos la noticia del atentado contra la vida de Trump, nos retiramos al hotel donde se alojaban mis parientes por afinidad cagüeños para seguir el suceso. Alguien comentó que era mejor guarecerse en el hotel, pues al ser hispanos corríamos algún riesgo. Estuvimos en un cuarto de hotel mirando las noticias y discutiéndolas. Vimos la repetición constante del evento.

De inmediato sonó la alarma y se habló de un potencial montaje. Las interrogantes fueron muchas. ¿Quién o quiénes le dispararon? ¿Cómo fue que eludieron la seguridad y al servicio secreto? ¿Será un montaje? ¿Desde dónde le dispararon?

Yo personalmente lo entiendo como un verdadero atentado. A mí no me hace sentido que sea un montaje. Por un rato estuve en shock porque por poco matan a Donald Trump.

En varias ocasiones, parado frente al televisor, comenté con entusiasmo la laceración en la oreja de Donald Trump. A lo mejor de aquí a unos años surge un grupo de pop español llamado «La oreja de Trump».

Frenético, hacía comentarios sobre lo que veía. «Diablo, qué algarete, ¿vieron la laceración en la oreja? Por poco matan a ese cabrón», decía exaltado. Al rato miré hacia la calle desde la ventana y observé un vehículo con el pasajero enarbolando una bandera que leía «Trump 2024».

En general, las reacciones de mis familiares fueron de sorpresa y perplejidad. Hoy fui a trabajar. La reacción de mis compañeros de trabajo norteamericanos fue contrastante. Recogí estas reacciones a propósito, a modo de comparativa, y por curiosidad sociológica.

Una compañera, ante la pregunta de si estaba al tanto del atentado contra el expresidente, dijo que lo había deseado pero que no se materializó. Esto me pareció horrífico. Otra compañera dijo que no le sorprendía, pues Trump siempre está agitando a la gente. Las teorías de conspiración no se hicieron esperar y las expresiones de incredulidad fueron múltiples.

Aunque eran de esperarse, las reacciones me resultaron sorprendentes y hasta preocupantes. Si bien creo que en los EE. UU. no existe una verdadera democracia, me resulta alarmante que muchos ciudadanos de este país sean indiferentes a un atentado contra la vida de un candidato a la presidencia. También me resulta sorprendente, aunque también es de esperarse, la cantidad de conspiraciones y telarañas mentales que mucha gente está invocando para explicar el suceso. Esto es síntoma de una clara y merecida desconfianza en el aparato mediático del país. La tensión se siente en el aire. La indiferencia y la creatividad desenfrenada exhibida me llevan a reflexionar y a concluir que la «democracia» en este país puede estar funcionando por hábito y no por un mantenimiento concienzudo del demos. Aunque, por otra parte, acepto que esta conclusión es efímera, ya que haría falta un estudio exhaustivo. Al final entiendo que mi aportación es anecdótica. Anda pal carajo, por poco matan a Donald Trump. 

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