A cada rato me tildan de izquierdoso y no lo soy. A mí las izquierdas de ahora me apestan. Me parecen absurdas, kitsch y artsy fartsy. Puede que tenga el aspecto, por ser pelú, pero hasta ahí llega la cosa.

Siempre he aborrecido los grupos de pretensiosos que abundan en las facultades de humanidades. Mientras fui estudiante de historia en la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, me topé con muchos revolucionarios de cartón y ególatras que predicaban ‘’nuevas formas de pensar’’. Sus prácticas espirituales New Age, en especial, me lucían patéticas. En especial, detesto a ‘’aquelles’’ que resolvían todos nuestros problemas al tomar dos latas de Medalla Light en la barra habitual. En sus mentes, ensayaban la revolución cubana, ensartados en Realismo Mágico ™. 

Las izquierdas de ahora están llenas de gente que piensa que ser revolucionario es enseñar las tetas en manifestaciones, dejarse los sobacos pelús y ser poliamorosos. Ahora estoy pensando en voz alta, para ver a dónde me llevan estas letras. 

Antes era la derecha recalcitrante la que, a través de sus instituciones, reprimía y controlaba la boca de los ciudadanos. Ahora es la izquierda recalcitrante la que nos manda a ser inclusivos y políticamente correctos a la mala. Si no te alineas, te tildan de los familiares: racista, homofóbico, xenofóbico, transfóbico. ¿Qué pasó con la revolución? ¿A dónde se fue la libertad? Eso funcionará con mucha gente. Conmigo no. 

Las universidades son nidos de intolerantes. ¿Hacia dónde va un país cuyas instituciones productoras de conocimiento practican la censura y eliminan la disidencia? 

Debo aclarar que muchísimas ideas tradicionalmente asociadas a la izquierda me parecen sumamente atractivas. En más de una ocasión, he mostrado interés por los escritos de Mariátegui y Karl Marx. Pero siempre tendré algo importante: pensamiento crítico. Cuando leo, lo hago críticamente. No le tenga miedo a cuestionar a los beatos, a los próceres, a los políticos. Hay muchas cosas que no me cuadran, y eso está bien. A lo largo de mis diálogos con personas de las más DIVERSAS posiciones, me he dado cuenta de que las cosas no son blanco y negro y de que Marx es San Marx para ‘’muches’’. Las cosas no se enmarcan tan nítidamente en izquierdas y derechas como a ustedes les gustaría pensar. Y eso está bien. 

Creo en el diálogo, la verdadera diversidad de opiniones, la verdadera dialéctica. Creo en la verdadera libertad de expresión, que no considera los sentimientos de los fácilmente ofendidxs. Me saca de quicio la changuería y me saca de quicio que los wokies hayan convencido a mucha gente de que un hombre puede ser una mujer y viceversa. El victimismo permea y, en vez de buscar soluciones, se conforman con la lloradera de las redes sociales. La utopía no existe ni existirá. Al final del día, en lo que a lo político se refiere, debemos trabajar juntos, disintiendo con respeto, genuinamente buscando el entendimiento, verdaderamente trabajando por el bien común. Hay quienes me dirán que esa izquierda que describo no es izquierda. Hay quienes me dirán que exagero. Hay quienes me dirán que estoy sacando las cosas de proporción. Hay quien me dirá que estoy representando negativamente a la izquierda a propósito. Ahora vuelvo a pensar en voz alta… tengo ganas de seguir leyendo ‘’All Quiet on the Western Front’’.

4 comentarios sobre “Las nuevas represiones

  1. Muy valiente tu comentario, Ramón. No coincido en todo pero comprendo tu posición. Soy de otra izquierda… la que habla poco y trata de hacer algo, poco a poco. Mientras la izquierda que vocifera y juzga se entretiene peleando entre sí, las derechas se organizan, se unen y avanzan…

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    1. Saludos, Dra. Domenech. Pues yo no sé si las derechas estén tan organizadas como parece. En Puerto Rico, por ejemplo, las derechas son diversas y, aunque parezcan estar unidas, no lo están. Por otro lado, noto un desmejoramiento intelectual de la izquierda, acompañado por un empuje de un sector progre que pretende cerrar filas y dominar. En mi escrito lo menciono: »Si no te alineas, te tildan de los familiares: racista, homofóbico, xenofóbico, transfóbico.» Esta es una de las estrategias de ese sector que critico. Han casado sus ideas retorcidas con la moral, catalogando todo lo opuesto de inmoral.

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  2. Saludos Ramón. Coincido en algunas cosas. En mi caso yo sí me ubico en el pensamiento de la izquierda, incluso, con lo que muchos llaman el “woke agenda”. No le veo nada de malo a que haya mayor representación de todos los grupos invisibilizados y vulnerables. Ahora bien, sí estoy contigo en que la izquierda debe dejar aun lado varias cosas: los protagonismos y las divisiones. Hay espacio para que todo el mundo desde sus posicionamientos lleven sus luchas sin tener que pelearnos. Mucho más cuando los partidos establecidos de “izquierda” en Europa y América Latina no son más que miembros de la derecha disfrazados que implementan las mismas políticas neoliberales que tanta miseria causan. Tu proyecto de Archipiélago Histórico es un gran paso en la dirección correcta. Democratizar el conocimiento y hacerlo accesible ayuda a que todas estas luchas por los derechos humanos partan desde lo estudiado. Espero que puedas continuarlo para que le podamos seguir sacando provecho y disfrutarlo.

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    1. Saludos, Cesamil. Garcias por tu comentario. ¿Cuáles son esos grupos invisibilizados y vulnerables que mencionas? Yo de por sí tengo conflictos con esos términos que considero victimistas y que se han convertido en herramientas de manipulación.
      Por otra parte: »Mucho más cuando los partidos establecidos de “izquierda” en Europa y América Latina no son más que miembros de la derecha disfrazados…» ¿Qué ejemplos me puedes dar de eso?
      Yo sí pienso que debemos pelearnos, y pelearnos siempre. Cuando se homogeneiza un movimiento y se cierran filas, se crean nuevas represiones que no permiten disidencias; esto resulta en el estancamiento y es cónsono con el totalitarismo. De ahí sale mi problema. Para mí, la izquierda histórica es la izquierda de los obreros. Lamentablemente, se ha convertido en el vehículo de normalización de cosas como la cancelación, políticas abusivas contra niños, victimismo e intolerancia. Que los colectivos peleen no sólo es saludable, sino deseable.

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