En más de una ocasión me he topado con el argumento demencial de que la historia debe servirle a la cohesión nacional. Me han dicho que la historia sirve para mantenernos juntos a través de relatos míticos, de grandes figuras, y de íconos a venerar. No, señores, ¡no! Esta barbaridad la he escuchado de bocas de ignorantes y de historiadores también… también existen los historiadores ignorantes.
Si la historia se hace para eso (cohesión nacional), entonces no es historia, sino propaganda. A mí no me interesan los mitos que puedan unir a un país, esa no es mi preocupación como amante de la historia. No estamos en los tiempos de Homero y su Ilíada. Lo que a mí me concierne en el ejercicio historiográfico es la investigación que me permita a mí y a otros entender la historia en diferentes niveles. Por ejemplo, ¿qué factores incidieron en la fragmentación del antiguo partido de San Germán? ¿Por qué la población puertorriqueña fue generalmente hospitalaria con el ejército invasor en 1898? ¿Cómo era el comercio caribeño en el siglo XVII? ¿Qué tradición política ha fomentado la complacencia y la ignorancia generalizada a nivel nacional? Esas son las cosas que a mí me interesaría explorar. Claro, que esas pesquisas tengan un efecto «patriótico» son otros «veinte pesos».
Pero eso no es lo mismo que dedicarse al panfleteo histórico. No es igual a hacer historias de figuras nacionales para crear furor nacionalista. A mí personalmente no me importa un bledo lo que hizo o no hizo el pirata Cofresí; tampoco me importa la figura de Agüeybaná. Ni me va ni me viene. Y eso no me hace menos puertorriqueño. Yo no requiero de personalismos históricos ni de relatos de grandes hazañas para enorgullecerme de mi país.
La historia popular, doblegada precisamente por los relatos que opongo, tiene efectos nefastos para el país. A algún mal llamado historiador se le hinchará el pecho con los «home runs» que haya hecho Roberto Clemente. A mí eso no me es relevante. Ninguna de las figuras asociadas a la historia popular boricua fomenta verdaderamente un escrutinio del pasado ni una búsqueda de respuestas a los problemas que nos aquejan actualmente. Y la gente, creyendo que consumen historia, consumen propaganda nacional disfrazada de dato histórico. Que si Colón llegó por Aguada o por la puñeta, ¡a mí no me importa! Que si la bomba nació en Ponce o en Mayagüez, o en Loíza, ¡a mí sin cojones me tiene! Claro, estas cosas tienen validez en cuanto a su cualidad curiosa, pero lo que me preocupa es que esto sea lo asociado exclusivamente a lo histórico y que se perfile la historia como herramienta literaria para la cohesión social.
Hay aquí algo enterrado que nadie quiere ver: que esta dinámica esté ocurriendo en primer lugar indica el nivel intelectual deficiente del puertorriqueño promedio. Está claro que hay una serie de datos históricos que todos debemos conocer; mi postura es que eso no debe ser la única meta. Las metas, a mi juicio, deben ser combatir el analfabetismo histórico, entender plenamente los beneficios del conocimiento histórico, y salir de lo superficial para indagar en el pasado y obtener socorro de éste. Que a estas alturas haya gente que piense que la historia tiene un rol en el mantenimiento del sentimiento patriótico es preocupante. Los mitos siempre existirán y se propagarán, e indudablemente tendrán su efecto unificador; eso, sin embargo, no es asunto del historiador.
El antídoto. La introspección es funesta pero beneficiosa. Y sólo es funesta cuando no se tiene fuerza ni carácter. Aquellos que nos miramos al espejo a diario y nos autocriticamos duramente poseemos todo lo necesario para el éxito y el buen porvenir. Lo mismo aplica a un colectivo. Solamente cuando la historia popular sea dominada por historiadores serios que promuevan esta introspección estaremos haciendo las cosas bien. No podemos resolver nuestros problemas haciendo cucas monas al espejo y listando nuestras hazañas. Esta es una de las muchas razones por las que Puerto Rico está jodido. Porque estando jodido insiste solamente en mirarse al espejo y decir «qué bello soy».
En esencia, esa ha sido mi postura en el campo de la historia. Cambiando algunos nombres y temas, lo podía haber escrito hace treinta y cinco años de haber tenido espacios de libertad entonces. Aunque lo decíamos por los pasillos… Enfocado he estado a combatir los mitos de la historiografia oficial marxista en Cuba ,y de pasada la región del Caribe o Africa desde hace cuarenta años. Desde mi perspectiva son los personajes míticos contemporáneos los que merecen mi desdén en tales controversias. Así que estoy en sintonía con el espíritu del artículo aunque desde otro azimut cronológico. La cuestión radica en la inevitable existencia de historias oficiales, alentadas por el estado o grupos políticos de historiadores orgánicos. De hecho es algo que me parece necesario (y divertido) pues así los historiadores revisionistas tendremos enemigos asegurados. Con temporada de caza todo el año. Me pasa con los marxistas, posmodernos, de género y raza, etc, etc.Coincido, repito, con el sentimiento de insumisión académica que permea el artículo. Aunque yo no aspiro a una historia popular, sino a la posición individual de francotirador como siempre me recuerda y cataloga un amigo. Y comparto mucho, eso si, la impresión esencial acerca de que los historiadores de la construcción nacional bien importan un coño. Manicato!
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Muchísimas gracias. Siempre es un placer conocer sus opiniones sobre algún tema. Y de paso aprendí dos palabras nuevas de vocabulario. Formidable.
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