Llegué al correo diez minutos antes de que cerrara. Abrí mi apartado y además del mercadeo habitual, los biles, y dos o tres tarjetas de crédito me llegó una copia de galera de mi primer libro, que no esperaba. El punto es que este libro me tomó varios años desarrollar; largas horas sin dormir, lecturas y relecturas, escritura y edición, interpretación, análisis, café, tiempo… ¡Tiempo! Estoy bien orgulloso de él y fue mi tesis de doctorado.
Cuando llego a la casa me topo con Pichy, un anormal con el que me crié, que todavía vive con su mamá y tiene la audacia de vender drogas desde allí.
—Ramón, ¿qué es la que hay, papá?
—To bien mano, me llegó una copia de galera del libro que escribí.
—¿De qué?
—De galera. Es una copia preliminar que se utiliza pa vel si todo está bien en cuanto al formato, la portada, etcétera.
—Ah. ¿Y de qué es?
—Es un estudio detallado de los conflictos militares entre europeos e indígenas caribeños en el siglo XVI.
—Papo, pero si ya eso está estudia’o. En la escuela enseñan todo eso. Que si los taínos, que si los caribes, que si pito que si flauta. Mira, yo vi un tiktok bien cul de un güelebicho ahí que es taíno el cabrón. Vive en Dorado. Él estaba explicando que los indios no comían gente y que peleaban con macana y lanzas y cosas desas. Acho, pol mi madre que ese cabrón vive en un yukayeke, papi. Tú tienes esas cosas escritas ahí también, ¿verdad? Si no lo tienes escrito estás atrás.
Por si no lo habían notado, esto es un cuento. Pero no cualquier cuento: está basado en hechos reales. Me tomé la libertad artística de tomar una anécdota que me contaron y transformarla en ficción, añadiendo y moldeando detalles según mi imaginación (gracias, Roberto). Aquellos fanáticos de Archipiélago Histórico que han escuchado episodios del podcast asociados al tema indígena saben que Pichy dijo mil disparates.
¿Qué ilustra este cuento? Ilustra el caripelamiento, la cafrería y los cojones con los que uno tiene que lidiar constantemente. Hablo de los Pichys de la vida: esa gente que, sin formación ni conocimiento, te da clases —hasta sobre lo que tú mismo dominas— con una seguridad olímpica e insolente.
Es un fenómeno tristemente común en los países hispanohablantes del Caribe antillano, donde opinar sin saber es deporte nacional. Aquí cualquiera es más experto que tú, aunque no haya leído un carajo. Y lo dicen con una seguridad cabrona, aunque estén diciendo sandeces.
Y lo tengo que decir, aunque le moleste a más de uno. Yo vivo en los Estados Unidos. Cuando alguien me pregunta qué estudio y les contesto “historia”, la reacción suele ser de respeto: me escuchan, hacen preguntas, se callan si no saben, me desean suerte y hasta me alientan a seguir.
Pero en casa, Pichy te da clases de lo que sea. Se inventa lo que no sabe con tal de alimentar su ego. Porque, como dice el refrán: en tierra de poetas, el que no la sabe, se la inventa.
Pichy no estudió historia, puñeta. Se colgaba en estudios sociales. Se graduó de milagro a los 17. Pero en cuanto escucha que mi yo del cuento tiene un libro, se convierte mágicamente en historiador. Y pretende saber más que yo. No seas un pendejo como Pichy.
Y no —porque los veo venir— no estoy diciendo que soy infalible, ni que mi palabra es ley divina. Para nada. Pero cuando yo hablo, y cuando hablan los invitados de mi podcast, lo hacen desde el conocimiento que da la especialización, el estudio serio, y la disciplina sostenida en el tiempo.
Ni yo ni quienes se sientan conmigo a conversar nos levantamos un día con ganas de hablar por hablar. No improvisamos opiniones sobre temas que desconocemos. Hablamos desde la lectura, la experiencia, y la formación.
Así que, si no sabe, quédese callado. Respete el esfuerzo ajeno. Y si va a cuestionar, hágalo con respeto. Porque opinar sin saber no es valentía, es falta de vergüenza. Aquí lo dejo que tengo un ensayo bibliográfico para el domingo y unas fuentes que analizar. Sale un nuevo episodio del podcast este jueves, como siempre.
Ramón, conocí muchos Pichy’s en Puerto Rico, pero muchos más en los EEUU. Y están los que una vez se leyeron un artículo sobre algún insignificante tema histórico y vienen a tu conferencia y al final te preguntan si conoces esa insignificancia como para decirte: «¡Hah! Si no sabes esto, no sabes nada del tema.» Me imagino que les levanta el ego cuando yo, como soy una jíbara de Isabela, les digo que no conozco el minúsculo dato. Con lo que hay que bregar… Gracias por tu desahogo… me uno.
Ligia
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Gracias por su comentario, siempre es bienvenido. Creo que estamos ante una diferencia regional importante. Nueva Inglaterra, donde me encuentro, tiene una de las culturas lectoras más arraigadas desde hace siglos, lo que va de la mano con sus altos niveles de educación. Una cosa alimenta a la otra, y los efectos se sienten hasta el día de hoy.
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Los Pichys de la vida. Como encojona escucharlos hablando disparates y los más cabrón es como cogen a la gente de zánganos.
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Exacto. Eso entra en conflicto directo con los que nos dedicamos a tener discusiones informadas y fundamentadas.
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