A todos nos ha pasado. Hablas de comprar algo y te aparece publicidad de ese producto. Pasas minutos en redes y sientes ansiedad. Interactúas con un post y todo lo que sale después gira en torno a eso. El algoritmo te alimenta contenido que te enfurece: ese movimiento político que detestas, esa religión que aborreces, ese personaje con el que no conectas. Los más escalofriantes son esos reels que te advierten de una epidemia, una forma en la que el sistema te está enfermando. Irónicamente, todo eso es parte del sistema. Creer que lo ves desde fuera es otra ilusión. Sigues atrapado. Te preguntas si es por diseño. Sí lo es. Hasta aquello que supuestamente te hace «salir del Matrix» condiciona tu aceptación. Es una falsa dualidad.

Mis mejores momentos son los que paso lejos del teléfono. Mis periodos de tranquilidad son precedidos por periodos de distanciamiento tecnológico. No fuimos creados para vivir pegados a una pantalla. El ser humano busca lo trascendental, y lo tecnológico es una distracción más. No es casualidad que la ansiedad se vaya cuando oro o estoy en la iglesia. El sistema te quiere tonto, desesperado, desesperanzado. Y motivos hay, pues vivimos en un mundo caído: el bullicio no sacia porque promete lo que solo la trascendencia da. Juan 16:33: «En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.» La verdadera paz la da Dios. Solo en comunión con Él encontramos nuestro llamado.

Mi exhortación es simple: suelta ese teléfono, apaga esa computadora. Estamos siendo condicionados a vivir de forma opuesta a aquello para lo que fuimos creados. Lo digo a riesgo de que me llamen conspiranoico. Nada de esto es inconsistente con mi visión del mundo: tengo claro que este mundo es zona de influencia del diablo. Suelta el teléfono y apaga la computadora. Te sentirás mucho mejor.

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